En los últimos 20 años, no solo se incrementó el acceso a los tratamientos de fertilidad — también se transformó profundamente quién puede acceder a ellos y qué opciones tiene disponibles. Es un cambio que viví de cerca, desde adentro de la consulta.
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Cuando empecé a ejercer, entre 2003 y 2005, el perfil de quienes llegaban a una consulta de fertilidad era casi exclusivamente el de parejas heterosexuales casadas o en pareja estable. Las opciones para otros tipos de familia prácticamente no existían, ya sea por barreras legales, tecnológicas o culturales.
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El desarrollo y la mayor accesibilidad de la congelación de óvulos cambió el panorama para las mujeres que no tenían pareja o que querían postergar la maternidad. La posibilidad de preservar óvulos con una calidad óptima abrió una nueva dimensión de autonomía reproductiva.
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La técnica ROPA (Recepción de Óvulos de la Pareja) permitió que ambas integrantes de una pareja de mujeres participaran activamente en el proceso reproductivo: una aportando los óvulos y la otra gestando el embarazo. Esta posibilidad transformó la experiencia para muchas familias.
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Los hombres solos y las parejas de hombres también encontraron su camino hacia la paternidad biológica. Usando óvulos donados, muchos hombres consultaron con nosotros y lograron hacer realidad su sueño de ser padres.
[blockquote cite=”” text_color=”rgb(90,112,137)”]La fertilidad no es un privilegio de un tipo de familia. Es un derecho de todas las personas que desean construir una.[/blockquote]
Este recorrido no fue solo tecnológico ni médico. Fue también cultural, legal y humano. Y todavía hay trabajo por hacer — en acceso, en costos, en marcos legales que protejan a todos. Pero la dirección es clara y no tiene vuelta atrás.

